Ama a tu familia (II)

Archivado en: Autocrónica — 3 Marzo 2005 @ 7:25 pm

La cuestión es que los padres no quieren que sus hijos se conviertan en criminales o drogadictos, y eso está bien. Lo más común es vigilar las amistades, preguntar a los profesores, limitar el horario y esconder el hachís paterno en lo alto de la repisa, donde los souvenires de Soria.

Sin embargo, todo esto no vale de nada sin una buena dosis de exposición a la tele. Por suerte la tele siempre está ahí y emite un calor especial que atrae a los niños hacia ella y les muestra El Mal en dosis diluidas.


Ejemplo

Así, la mayoría experimentan la violencia de mano de Chuck Norris, el sexo con animales vía Pippi Langstrup y el satanismo con Marilyn Manson. Lo cual viene siendo una vacuna, y en líneas generales se le pasa a uno la tontería antes de los 25. El problema es que todo lo que sale en la tele es mentira (menos Parker Lewis; pero este es un tema del que hablaré otro día).

Consecuencias de esto: un buen día tienes que vértelas cara a cara con un yonki de La Celsa, o hacerle un puente a un coche, o darle conversación a un suicida que tiene una bomba atada al pecho, y entonces qué, eh? Entonces qué!? Una pequeña pedorreta de terror antes de morir, y despues el silencio.


Jóvenes universitarios reaccionan ante la presencia de un toxicómano

Yo de todo esto me libré gracias a mi tío, que me presentó a cantidad de chusma en bares y plazas infames, vaya, lo peor de Huelva (que ya de por sí es lo peor de España, si van no se les ocurra internarse tierra adentro más de un kilómetro desde la costa). Así que tuve un contacto intenso y real con lo que en Informe Semanal llamaban el mundo marginal.

Recuerdo una noche en la que yo estaba dando mis primeros pasos hacia la oscuridad -en sentido estético- de tal modo que actuaba de manera taciturna y doliente en cualquier situación pública, pasando así desapercibido. Fui llevado a una plaza en la que se reunía la golfería local y presentado a una pequeña multitud de alegres jovenzuelos; en menos de una hora observé no menos de diez intercambios comerciales de material estupefaciente, de los cuales participaban la mayoría de miembros del grupo al que yo pertenecía, ya fuera en calidad de cliente o proveedor. Mi tío no llevaba material encima (hacía menos de tres años que había salido de la carcel por tráfico de hachís) pero colaboraba en aquel mercadeo ofreciendo unos tubitos de caña decorados con masilla de modelar y pintados con acrílico. Los vendía a 500 pesetas la unidad. Yo en un principio, claro, los ví en casa de mi abuela por ahí tirados y no asociaba; “¿qué coño hace una jauría de drogadictos comprando estos artefactos coloridos y pop?”; la respuesta llegó en forma de impacto visual: un tipo cogió uno de aquellos tubos y esnifó a su través una raya de cocaína similar en holgura a la franja de un paso de cebra.

Eran un alegre concilio.

Podría extenderme durante horas con historias edificantes (como la de las sábanas sangrantes de la cocina, que es de cagarse y tiene muchísimo crimen) pero si lo hago se me va a olvidar la conclusión y entonces ustedes y yo habríamos perdido un tiempo precioso.

La cuestión es que gracias a mi tío aprendí montones de cosas -ninguna de ellas relacionada con esfínteres o saunas- completamente inadecuadas desde el punto de vista educativo, pero REALES y como tales, dignas de análisis y crítica. Esto me hizo mucho bien, claro, porque de otra manera jamás hubiera empezado a escuchar heavy metal, fumado un melón o conversado con okupas, ex-presidiarios o prostitutas. Y, oigan… a mí me parecen cosas NECESARIAS!!! No sé qué hubiera sido de mi sentido crítico o de mi visión del mundo de no haber sido por aquellas expediciones al Otro Lado del Telediario.

Supongo que ese lugar, “la calle”, lo hubieran ocupado, no sé, canciones de Sabina, reportajes de investigación o Cristina Tárrega. O quizá no, quizá me hubiese encontrado con alguna otra cosa que me salvase de la prosaica mentalidad de clase acomodada a la que estaba predestinado. En cualquier caso, la moraleja es: ponga un pariente crápula en su vida. Y en la de sus hijos. Ellos se lo agradecerán evitando volverse completamente gilipollas.

Despues de todo este rollo, puede que alguno de ustedes tenga incluso algo que decir. Aquí les espero.

Y por supuesto, dedico este post a mi tío, que a día de hoy sigue en paro.

  1. gib:

    de momento no volveré a cuidar de mis sobrinos…

  2. r.:

    Aha… O sea, ¿que no tenemos mentalidad de clase acomodada amiguito?

    Pues no se… será la estética Modernius Fuencarralensis pero me da a mi que muchas privaciones no pasas.

    Si es que pones un yonqui en su vida y se creen que han visto mundo. Aigs… estos robots, algo no funciona del todo bien con sus leyes.

    :P

  3. r.:

    Ah, lo anterior era desde el ‘respeto’. ¿eh?

    ;)

  4. chatarra:

    Juas juas juas. Tranqui, otro día les dedico un post a los rockeros reciclados en amos de casa.

    Cuando te de un día por abandonar el calor hogareño te pasas por el mercado de Fuencarral, que te veo pez en la asignatura Estereotipos :D

  5. r.:

    JEJEJEJE, No te me piques TinMachine. Si yo soy mas ejclavo de la moda que tu.

    ;)

  6. Cattya:

    Pues yo me he quedado con la intriga de la historia de las “sabanas sangrantes”… Aunque lo mismo luego me dan pesadillas…

  7. Jimena:

    Y si uno procede de “buena familia” y no tiene parientes crápulas de esos ¿donde puede alquilar uno que cumpla sus funciones? ¿están baratitos?

  8. Eliza Leegan:

    soberbio.
    Ahora deberías hacer unas reflexiones del tipo, ¿y si hay más de uno y más de dos crápulas en la familia?

  9. Dakini:

    Parientes crápulas tengo alguno, pero no de ese grado de crapulez. Los míos eran alcohólicos, murieron de cáncer de pulmón gracias a todo lo que se fumaron o eran puteros irremediables. Incluso tengo un tío cura super pijo y amante de la buena comida y el buen vino. ¿Algo de eso cuenta?

    Va a ser que yo he visto otro tipo de mundo.

9 Comentarios. Si no me dejas un comentario, le haré algo muy feo a un caniche.




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